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Pecadores encantadores – Homer Simpson y la pereza

Si yo fuera Marge Simpson… no sé lo que haría. A veces pienso que asesinaría a Homer, pero con esa cara de niño bueno, esa tripilla perfectamente convexa, esos ronquidos propios de un hombre con la conciencia tranquila y la baba cayéndole por la comisura de los labios… ¿quién sería capaz de estrangularlo con unos pantys en mitad de la noche? Yo, desde luego que no.

Me imagino que haría lo mismo que Marge, es decir, asumir que nadie es perfecto, y que los muy guapos, abstemios y trabajadores no son trigo limpio. Al fin y al cabo, ¿quién elegiría a Flanders pudiendo quedarse con Homer? A mí Flanders me da miedo. Es el típico vecino que te invita a rezar el rosario, te asesina sin querer y acaba haciendo un estofado con tus michelines y echándoles las vísceras a los perros. Y todo eso mientras recita las obras de misericordia con cara de chico bueno: “Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento…“. Desconfiad de los santurrones hiperactivos. Tienen muy buena intención, pero…

…son imprevisibles. Y no lo olvidemos, el infierno está lleno de buenas intenciones. En cambio… ¿cuántos perezosos habrá en el caldero de Pedro Botero? Pobrecicos, si no hacen mal a nadie. Por no discurrir ni cansarse no dan un paso, y claro, el que no hace nada… ¿puede pecar?

Por esa cabeza no pueden estar pasando malos pensamientos. Ni buenos tampoco. ¿Puede haber una imagen mejor de lo que significa bloquear el cerebro y dejar la mente en blanco? ¿Os lo imagináis haciendo el esfuerzo de pecar? Maquinar, diseñar, ejecutar… ni en sueños. En un cerebro funcionando al ralentí sólo caben pensamientos básicos, simples, imprescindibles: comida, cerveza, mando a distancia, comida, cerveza, mando a distancia, comida, cerveza, mando a distancia… ése es el mantra que se repite una y otra vez, los pensamientos que giran en el círculo eterno formado por el borde de una pizza, el aro de una lata de cerveza, el corte de un perrito caliente, pizza, cerveza, perrito, pizza, cerveza, perrito… Hipnótico, ¿no? No caben ahí los malos pensamientos, no cabe nada que no sea pizza, cerveza, perrito.

De lo cual se deduce que si Homer no es malo, es esencialmente bueno. Y no me negaréis que es buen chico. Hasta tiene sus arranques de ternura (e incluso de la agotadora lujuria), cuando consigue escapar de los brazos del binomio sofá-televisión, esos dos amigos fieles que nunca le fallan. Al fin y al cabo, Homer es el resultado de un largo proceso evolutivo encaminado a la perfección, como puedes ver aquí:

Encaminado a la perfección, pero… se queda en Homer Simpson. ¿Queréis ver el resumen de una vida marcada por la pereza, por haber convertido el “dolce far niente” en una de las Bellas Artes?

Y aquí tenéis la interpretación psicoanalítica y daliniana de una familia en la que ya solo el cerebro de Lisa, que nunca descansa, resiste al síndrome de los “relojes blandos”. Incluso el de Marge ha caído en la tentación de tirarse a la bartola y derretirse poco a poco y sin agobios.

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